Queridos hermanos en Cristo,
Por ser la primera vez que asisto a Nuevo Amanecer, quisiera compartir con todos ustedes lo vivido y sentido durante los días que estuvimos juntos. Me imagino que para todos fueron tres días muy especiales.
Todo comenzó con una bienvenida alegre y calurosa al llegar al aeropuerto de Atlanta donde fácilmente el más conocedor se puede perder por sus laberínticos corredores, puertas de entradas y salidas, y multitud de gentes yendo en todas direcciones. La cara amistosa de los miembros de los latinos episcopales de Atlanta con sus pancartas de bienvenida nos hizo sentir que habíamos tocado tierra amiga. Una vez en el centro de convenciones y hasta el jueves al mediodía, todo lo que se dio fue alegría, gozo y felicidad. Muchas fueron las oportunidades que sin esfuerzo se presentaron para en diferentes maneras y con diferentes personas hablar seriamente, discutir temas de todo tipo y también para simplemente reír, cantar, comer, bailar y disfrutar. En estos momentos, nos queda en el espíritu mucho alimento para recordar, considerar y compartir con los que no estuvieron presentes con nosotros pero a quienes no olvidamos mientras conversábamos, escuchábamos y compartíamos lo que cada uno de nosotros ha emprendido, ha logrado o quisiera llevar a cabo en sus ministerios en particular.
Lo primero y tal vez lo más placentero para mí fue el encuentro feliz con compañeros o con viejos amigos, hombres y mujeres, personas deseosas de compartir experiencias, vivencias y sueños en nuestras vidas y en nuestros ministerios. Seguido y también de gran inspiración, enterarnos y ofrecer torrentes de aliento, comprensión y apoyo a laicos, clérigos y obispos quienes en este momento y con sus comunidades establecen nuevos ministerios, o reproducen sus ministerios en diferentes estados de este país o en la Novena Provincia. De mucha importancia también los talleres que se ofrecieron. Encontramos en ellos un semillero de ideas, materiales que ya existen o que se están creando para nuestros variados ministerios, futuras presentaciones en nuestras iglesias, nuevos ministerios para laicos, maneras de atraer a otros para que disfruten de la bendición de ser parte del cuerpo de Cristo ya sea como laicos o para el ministerio ordenado, ver más de cerca el marco de la reforma de inmigración y en qué forma nuestra Iglesia Episcopal aboga por dicha reforma y las familias indocumentadas que viven en este país, la prioridad misionera de las Metas de Desarrollo del Milenio para aliviar la situación de todos aquéllos que viven en la extrema pobreza en América Latina y en el Caribe, maneras de vivir más de cerca nuestra fe y de profundizar en la oración y la espiritualidad, cómo hacer la invitación para compartir nuestros bienes monetarios para sostener nuestros ministerios. Los grupos de discusión que se ofrecieron al caer de la tarde, después de una merecida siesta, muy necesaria para digerir entre otras cosas, los almuerzos con toques picantes y los apetitosos postres que nos tienen en este momento en plena dieta para evitar la subida de peso, nos dieron la oportunidad de compartir temas que no estaban en la lista de las presentaciones y que también eran necesarios en este encuentro. Para mí, esta oportunidad fue importante porque pude presentar a varias mujeres el programa de mentoras y compañeras llamado Rut y Noemí el cual invita a tres generaciones de mujeres a compartir y a ofrecerse apoyo tanto espiritual como de destrezas en la crianza de los hijos(as).
No debo olvidar, sino agradecer la presencia e inspiradora participación de nuestra Obispa Primada, la participación de los obispos que asistieron para apoyarnos y compartir con nosotros ideas y buen humor. Sus mensajes nos invitan a reflexionar sobre la justicia y la unidad y nos alientan a seguir adelante en nuestros ministerios. Me encantó participar en la liturgia y en la música, y de manera muy especial y profunda ver de cerca y admirar la gran labor de amor, respeto y dedicación de nuestro misionero Anthony Guillén y de su equipo de voluntarios, organizadores de esta conferencia.
Por último y no sin importancia, debo mencionar y dar gracias por la gentileza y buena voluntad a los empleados del centro de convenciones cuya hospitalidad nos proveyó una estadía relajada y sin percances a cada uno de nosotros(as).
A todos los que hicieron posible este encuentro mis agradecimientos y que Dios bendiga nuestro ministerio en formas de crecimiento, unidad y colaboración entre hermanos, fe, amor y esperanza en Dios y a través de su hijo Jesucristo. Que no dejemos pasar muchos años sin reunirnos de nuevo, ya que juntos se nos facilita dar pasos adelante, ver más claramente nuestra visión y proponer maneras de crecer, sostenernos, apoyarnos y compartir sueños, esperanza y las muchas maneras de servir a nuestras adoradas comunidades.
Un abrazo cordial a todos de su hermana en Cristo,
Ema Rosero-Nordalm
Iglesia de Gracia, Salem, MA.
erosero@bu.edu